Tu ternura Molotov: bomba de tiempo, habitada por amor, política y poder, siempre a punto de estallar.

Amor, política, poder, conflictos éticos, morales y de relaciones en pareja. No es para menos que el Venezolano Gustavo Ott haya sido merecedor del Premio Internacional Ricardo López Aranda con esta obra, que bajo la Dirección de Janet Pinela y las actuaciones de Flor Larios y Víctor Salazar, mantienen la intensidad y tensión a lo largo de la puesta en escena. La ironía es la línea, mediante la que buscan desahogar una válvula, buscando evitar que estalle el presente: todo secreto es una bomba de tiempo y como diría el poeta Mario Bojórquez “Todos tenemos una / partícula de odio. //  Y nuestros corazones /  otro tiempo tan plenos  / contraen cada fibra / y explotan”. Qué sucede cuando en un pasado no muy lejano fuimos otros, y dejamos desarrollar esa partícula de odio; si un día, la avaricia fue la que guió nuestros pasos y hoy nos creemos totalmente distintos.

El tiempo fluye frente y sobre el escenario. El espectador olvida que la extensión de la obra amerita un breve intermedio. Los personajes recorren su presente búsqueda del siguiente escalón en su matrimonio, estable, ideal, y adecuado, entre dos profesionistas que se consideran en el momento justo para planear traer a la vida a un niño. Lo digo con el sarcasmo y humor negro que matizan los diálogos de la obra, delimitando el carácter fuerte de los miembros de la pareja, cuyas vidas han sido curtidas por un hecho que pretendían dejar en el pasado. Quién determinará y dirá lo que somos: nosotros mismos, nuestra cultura, las locuras de juventud, todas las vidas que caben en una sola vida. Victoria le suplica a Víctor no ser juzgada; le increpa, mientras Víctor se acerca al público a contar sus propias culpas; justificar su falta de culpa, será, respecto a  un hecho que estaba destinado a pasar.

“¿No tuviste lepra? ¿SIDA? ¿Un cáncer terminal cuando eras joven? ¿Nunca te desahuciaron? ¿Jamás te dispararon en la cabeza siete veces? ¿Nunca te pasó por encima un camión? Pues qué raro, porque a todos los demás, al resto de los seres humanos, pues sí nos sucede. Nos pasan esas cosas y más. Nos morimos y resucitamos cinco mil veces y seguimos con nuestras vidas.”

El presente que los corona como pareja ideal, por momentos pende de un hilo, atascados en su pasado de hace más de una década, cuando el ansia de dominio y dinero había determinado sus pasos jóvenes. ¿Hay consecuencias a pesar del paso del tiempo, o el arrepentimiento y la reivindicación son los límites del recuerdo?, o ¿será que el perdón de la persona que se ama, será suficiente para un “borrón y cuenta nueva” de toda consecuencia legal y moralmente aceptable?. Pero, ¿qué ojos, qué dioses, calificarán el actuar de un individuo, que hoy sólo busca entregarle al mundo un buen hijo? Dejar el legado, varón, para continuar la descendencia. Trascender, más allá del bien y del mal.

Esta obra es otro triunfo de la compañía Cuatro Milpas, que ya nos ha llevado antes por los caminos del drama y las disyuntivas emocionales, en obras que van de la risa al llanto: Dolores o la felicidad, Nuestra señora de las nubes; Tercia de Reina y Como pájaros; todas montadas con la calidad no menor a la excelencia. En esta obra, nos dan la bienvenida con blues que van invitando a la confianza de una sala en que la pareja pretenderá engendrar un hijo; y ya presos de al atención, a desentrañar cada uno de los misterios que brotan de una maleta de extraña procedencia; de una mujer de extraña trascendencia.

 Cortázar nos recuerda el absurdo “Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.” Como si el deseo, al igual que pretenden con el amor, pudiera elegirse, como si se pudiera programar la sensualidad y el encuentro, quedando a expensas de la temperatura, día y hora adecuados para hacer el amor. Agendar el deseo para garantizar al primogénito. Mantener los privilegios.

Y es así como un hijo plantado resulta la cúspide de una relación, máxime cuando se sobreponen los intentos de su procreación a un calendario, un termómetro y muchas indicaciones para asegurar el futuro del producto: que el primer hijo sea hombre. Pensarán que andan por las ramas cuando una historia de amor se encamina a la búsqueda del hombre-blanco-heterosexual (“Straight White Male”), hasta que llega el correo, caja dirigida por la Agencia de Investigaciones: con el gran secreto. Nunca hay una sola verdad oculta, la omisión y la mentira, tiene cola.

Secreto que irán develando a lo largo de sus discusiones y formas de explicar “la gran lección”; recuerda a Humbert Humbert dando la explicación al jurado, mientras explica las razones por las que fue seducido por los encantos de la pequeña Lolita. Porque siempre habrá una y será mejor si no nos ensucia mucho las manos o la imagen que tengamos de nuestro propio pasado.

¿No es el amor “el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable”? ¿No es el secreto el silencio más denso, más explosivo, el menos tolerable? Es sólo un nudo en la soga, que se alarga a través del tiempo para sostener el presente. La memoria avanza de regreso e inevitablemente se detendrá en el mismo nudo, caminará por las otras mentiras y omisiones, que se concatenaron para llegar al presente. Y en una relación que es de dos, no habrá pasado único. Los escuchamos decir:

           “Daniel: Viajabas mucho

            Victoria: Como una carta”

Y como carta, trae recuerdos e historias. Una relación se compone por dos pasados unidos que pretenden construir un futuro. Sabemos que hubo un camino recorrido, antes de encontrarse en los ojos del otro, para decidir pasar el resto de su vida al lado; pero el amor se vive en el ahora. Y Victoria calmará a Daniel, respondiendo a su reclamo:

           “Daniel: Has comenzado muchas vidas.

            Victoria: Todas las que han sido necesarias para conocerte a ti.”

Pero en el mismo pecho en que palpita el corazón al ser amados, tiene cabida el orgullo. La caja torácica es la misma en que nace la ternura que ha de manifestarse en un abrazo. La misma caja a la que un hombre bomba podría abrazar los explosivos que habrán de fulminar una población completa, para ser héroe de su divina causa. El mismo pecho envuelto por la sábana de Winnie The Pooh, del niño que fue arrojado por sus propios padres, cuando estaba bajo tu supervisión por maltrato de los padres perdidos en la droga. Y el único alivio será creer que estaba bien la última vez que lo viste.

La vista al cielo, la iluminación y los cambios de calidez y ángulos del escenario, aportadas por la escenografía de Jesús Hernández, influirán en el contrapeso de los momentos de ternura y los de la furia; las disyuntivas entre el bien y el mal; entre la felicidad y un amor alimentado con el odio. Es que “El infierno son los otros” , Sartre dirá; y si no se es creyente ¿entenderá si le hablan de un pasado que incluye al Dios, cuyos sacrificios incluyen acabar con otras vidas?. Ese que sin admitirlo conscientemente, cree en el poder y en el dinero, en la capacidad de ser el propio Dios.

Cómo no recordar el pasado que quedó grabado en Nueva York, cuando éste incluye una promesa y aventuras al borde de lo permitido. Poco a poco se construyen las memorias a través de fotografías, del último regalo de un viejo amor, de la sensación de estar envuelta en el peligro de nuevo. Recordar es volver a vivir y esos pantalones encontrados en la maleta de cosas viejas, la hacen sentir nueva y decidida; aún tantos años después de haberse ganado la sensación de superioridad respecto a otro ser humano, de tener vidas ajenas en su poder; seguirles la pista, para sentirse los jueces que otros con ley bajo el brazo, igualmente dicen serlo. Eso y buen sexo, pues ¿qué más puede importar a una joven de 18 años que recorre el mundo en busca de nuevas experiencias, y algo que pueda parecerse al amor?.

El punto cúspide de la obra es el reencuentro, a pesar de los hechos que construyeron a Victoria y Daniel por separado. Las reconciliaciones suceden cuando dos vuelven a encontrar el punto que los mantenía unidos: así sea el hambre de poder o las más enfermas coincidencias. La lista de ideas compartidas.  Los unirá el amor y la manera de ver el mundo: los prejuicios, racismo, religión, xenofobia, el hambre de poder, el hambre de poder, el hambre de poder.

“Tu pasado puñal, tus palabras balas, tus miradas atentado, tu sexo granada, tu opinión genocida, tus besos veneno, tus manos explosivos, tu arrepentimiento bombardero, tu perdón incendiario, tu ternura molotov.”

 

 

Fuente original: Sugey Navarro para  Divagaciones de una mente sin reposo, en la edición 350 de El comentario Semanal, de fecha lunes 17 de septiembre de 2018, en donde se pueden encontrar las fotografías de Brenda Rosales, de la obra presentada en el Estado de Colima, por la compañía Cuatro Milpas Teatro.

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